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XXVIII PREGÓN DEL CARMEN Por Antonio J. Muñoz Maestre
Todos llevábamos mucho tiempo esperando escuchar la noticia. Porque eran demasiados octubres juntos notando el barrio huérfano de sus cuentas de cristal tintineando al rozar su cetro. La historia reclamaba su rostro de luz bañando las calles de la feligresía cada otoño sevillano. Contemplar en su brazo diestro a un Dios pequeño bendiciendo calles y plazas a cada avemaría convertida en perla engarzada en las manos de su Madre. Pero para que aquel anhelo llegara a ser real, ha hecho falta un milagro: El milagro de fundir dos devociones marianas en un mismo hogar. Y eran tan grandes cada una de ellas, que solo un corazón abierto a su Madre como el de Sevilla, podía hacer brotar del mismo tallo dos flores tan bellas como diferentes. Con el verano como frontera, julio se unirá con octubre para que la Madre de Dios sea exaltada en Santa Catalina. Los varales se harán brisa, y el palio se volverá cielo. El escapulario cambiará a cuentas de luz cristalina, y la pequeñez sublime de la Madre de Julio, se tornará adulta maternidad cuando nos alcance octubre. La antigua devoción del Rosario se ha unido para siempre con el escapulario carmelita, porque bajo el artesonado mudéjar de los tiempos, la Madre de Dios ha sonreído con gozo, al ver como dos de sus nombres más queridos han quedado prendidos en un solo corazón, por obra y gracia de los sevillanos de Santa Catalina. Alguién rompió la memoria
Reverendo Padre
Es difícil en extremo explicar con palabras lo que supone para quien habla el poder ocupar este atril. Porque esta es una hermandad de devotos, y cuando hay tanto amor directo que se transmite entre vosotros que escucháis, y la Madre nos preside, el pregonero se siente más un obstáculo que un mensajero. En estos momentos el corazón late intensamente
buscando en su interior la gratitud para todos los que aman a la Virgen.
A su hermano mayor, a su junta, por confiar en mi palabra, que se me antoja
indigna ante tanto marianismo en esencia. Al querido presentador, que ante
este sin igual auditorio, ha multiplicado los escasos méritos de
este pregonero. A la magnífica banda de música, que ha rendido
ante la Madre la más bella y abstracta de las artes para que esas
notas expliquen lo que no pueden explicar las palabras. Y a todos los hermanos
y devotos de Nuestra Señora, porque son ellos quienes hacen nacer
día a día la fuerza enorme de la devoción carmelitana
en Sevilla, y porque son sus brazos, los que elevan cada día la
plegaria, y son sus labios un pregón permanente a la Reina del Carmelo.
LA HISTORIA Se hace imprescindible, en toda devoción histórica, buscar los orígenes, las raíces, porque no existe el azar, "Dios no juega a los dados con el Universo", como dijo una vez Albert Einstein, y la mano del Creador está siempre detrás de todo lo que exalta su nombre ante los hombres. Contemos por lo tanto brevemente, los hechos que permitieron la que hoy es nuestra fe carmelitana. A 546 metros sobre el mar, cerca de la ciudad de Haifa, se eleva a las alturas el Monte Carmelo, lugar sagrado desde tiempos inmemoriales para todas las civilizaciones que lo conocieron. A mediados del segundo milenio antes de Cristo, el Rey Egipcio Tutmosis III describe al Carmelo como "El promontorio sagrado". En el siglo IV antes de Cristo, el filósofo neo-platónico Jamblico describe el Monte como "la sagrada por encima de todas las montañas". Es creencia popular que la Sagrada Familia descansó en este lugar durante el viaje de regreso tras la huída a Egipto. Sin embargo, es el libro de los Reyes y el profeta Elías la que le ha otorgado sello indeleble a la historia del Carmelo. Esta narración, localizada en el siglo noveno A.C., durante los reinados de Ajab y Ocozías, cuenta la lucha del monoteísmo judaico contra el politeísmo de los sacerdotes de Baal. El reino estaba sumido en una gran sequía. Elías, llamado por Dios para defender su nombre, cita en el Monte Carmelo a todos los pueblos que componían Israel. El profeta, y los sacerdotes de Baal, edificaron sendos altares donde se ofrecerían dos bueyes en holocausto. Los defensores del politeísmo invocaron a Baal con gritos y danzas para que incendiara su ofrenda. Nadie les escuchó. Elías, por su parte, ordenó que el altar a Yavhé se llenara de agua hasta el borde. A continuación, invocó al único Dios, e inmediatamente bajó fuego del cielo que prendió la ofrenda y evaporó el agua que inundaba el altar del holocausto. Elías advirtió al Rey Ajab que se aprestará a recibir la abundancia del cielo. En la cumbre del monte Carmelo, Yavhe ordena a su profeta que mire al mar por siete veces. En el horizonte, apareció una pequeña nube del tamaño de la palma de la mano de un hombre, que subía desde el mar. La nubecilla fue creciendo, hasta cubrir pronto todo el cielo. La lluvia descargó por fin sobre Israel. Este pasaje bíblico sirvió de inspiración a los fundadores de la orden carmelita. Fue un día de Pentecostés. Siguiendo la estela de Elías, unos piadosos varones abrazaron la fe de Cristo, y en la cumbre del Monte Carmelo, elevaron un templo a la Virgen María, en el mismo lugar en que el Profeta viera la nube que simbolizaba la fecundidad de la Madre de Dios y rompía con el hambre y la carestía. Estos religiosos se llamaron Hermanos de Santa María del Monte Carmelo, y pasaron a Europa durante el siglo XIII junto a los cruzados. Si de las manos de Dios llegó al pueblo el agua que mantuvo firme la esperanza de la vida, el mismo Padre, que todo lo convierte en palabra y mensaje para los suyos, quiso que el milagro mismo que calmó la sed, sirviera de simbólica premonición de la Mujer que ya había elegido como portadora de la Redención. La elevación a la oficialidad ocurrió en el corazón del siglo XIII. San Simón Stock, que desde la más absoluta humildad había alcanzado la cúspide del generalato del Carmelo, alcanzó del Pontífice Inocencio IV la aprobación de la Regla de la Orden. La Cristiandad comprendió pronto que la oración, la caridad y el amor a María tenían ya el soporte perfecto que acercaría a los fieles a Dios y a su Madre. Ella sería invocada en adelante como Estrella del Mar, Faro de la Cristiandad, y Flor del Carmelo. Ese Carmelo que Teresa y Juan de la Cruz reformaron para hacer de la unión mística con Dios el centro de sus vidas y de la vida de la orden. Desde entonces, miles de devotos han puesto el
nombre de María en lo más alto, junto a las estrellas, para
que en nuestras noches de temporal, que llega a todas las vidas, Ella sea
faro, referencia y guía.
LA DEVOCIÓN:
Y aquí la tenemos a nuestra espalda. Quizá, antes de sumergirnos de lleno en la devoción carmelitana, deberíamos preguntarnos ante la belleza incomparable de su imagen, quien fue, quien es María. Preguntamos a los más de veinte siglos, preguntamos a la Historia, a la leyenda, al camino de amor que el cristianismo ha trazado al conjuro de su nombre, y entre certezas y conjeturas, va surgiendo de un pincel invisible el retrato de nuestra Madre. Ella fue el rastro de espuma que dejaba su barca en el Genesaret, la rama de olivo que aclamaba con silencio su entrada en Jerusalén. Ella fue la estela blanca de la estrella que guió a los Magos hasta su morada. Ella fue el vientre que lo llevó y los pechos que lo amamantaron. Ella escuchó su palabra y la puso en práctica. Ella fue y es... su Madre. Joaquín y Ana la engendraron, y Dios modeló su alma como al principio de los tiempos modelase el cuerpo de Adán. Sus padres la recibieron como a un don de Dios, y quisieron devolverle el regalo. Le pusieron por nombre María. Desde niña es elegida para servir a Yavhé en su templo, y se ofrece enteramente a su servicio. María, entregada como virgen de la casa de Dios, pasa los primeros años de su juventud envuelta en silencio y en meditación. La oración callada y humilde fue, desde el principio, el santo y seña de su vida. El Santo Espíritu de Dios, aun no manifestado a los hombres, iba esculpiendo su alma y adornando su corazón con todas las virtudes a las que puede aspirar el ser humano. Y llega el primer momento crucial de su vida. Era mediodía en Nazaret. Junto a la entrada del pueblo, en un recinto en penumbra, María soñaba con su próximo desposorio. Su vida, al calor humano de sus padres, transcurrió en la pureza y en la oración. Se preguntaba por la salvación de su pueblo. Dios había anunciado que su enviado iba a llegar pronto. A través de los siglos, las escrituras de su palabra así lo proclamaban. En el mismo aire, inundado ya con el perfume de la joven primavera, flotaba la impaciencia de la espera. El verbo de Dios ya se presentía. La mujer miró a los cielos. Sobre su vestido blanco, una toca de esmeralda cubría sus sienes y dejaba a la vista su rostro joven, de mejillas encendidas y mirada fija en sus pensamientos. Abriendo las manos en un humilde interrogante, dejó escapar un suspiro de los labios, mientras una golondrina descendió en vuelo rápido hasta posarse en su brazo. En ese mismo momento, un rayo de sol bañó de lleno su rostro, bajo el mismo dintel de la puerta. María sintió como en el fondo de su vientre algo nuevo había nacido, con la misma suavidad con que la golondrina se había posado en su brazo. Nuevamente, miró al cielo. Y el cielo, con la voz clara de los tiempos, la llamó Llena de Gracia y compañera del Señor. La semilla eterna de la vida de Dios quedó depositada en María a la vez que el rayo de luz que acompañaba al mensaje de Gabriel atravesó la celosía de su morada e iluminó de claridad el rostro de su Sierva. Cuando sus labios pronunciaron la sentencia de salvación para la humanidad "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", María quedó convertida en custodia viviente para el Cuerpo de Dios. Luego vendría su primera intercesión en las bodas de Caná, sus años de nuevo silencio para que la palabra del Hijo fuera germinando, y finalmente, su presencia en el momento cumbre de la muerte. Por eso, ante esta Madre del Carmen, tan pequeña y tan grande, no cabe mejor plegaria que decirle que sabemos quien es, que no es para nosotros un ídolo enjoyado, sino la mayor de las ayudas que tenemos en nuestro camino. Que siempre, desde el día de nuestro nacimiento, la sentimos cerca a partir del primer latido, del primer llanto, de la primera sonrisa. Y no sabremos nunca si es bastante
Jamás un pobre rezo suplicante,
Sobre la cumbre alta del Carmelo,
Y en Sevilla, una oscura golondrina
EN EL MAR DE LA VIDA
Desde que el hombre vio el mar por primera vez, comprendió que estaba perdido en medio de su propia existencia. Miraba allí donde limitaba el alcance de su vista, y no encontraba el fin. El mar evocaba inseguridad, desconocimiento, incertidumbre. En las olas rompiendo en el acantilado se encarnaba una fuerza desconocida que alguien manejaba para infundir temor en su pensamiento todavía infantil. Un día, comprendió que necesitaba ese mar para sobrevivir, y tuvo el atrevimiento de penetrar en las aguas en una frágil barquilla. El primer pescador, apenas bordeando las orillas, convirtió la amenaza de ayer en bendición de hoy. Sin embargo, nunca desapareció de su alma el miedo a esa negra inmensidad de la que seguía sin conocer el final. El joven marino aprendió a mirar al cielo. Cuando su atrevimiento le llevaba tan lejos como para no divisar las luces de tierra, en lo más alto encontró una estrella que siempre guiaba su camino. La vida, el camino desde la cuna hasta la gloria, como pronto comprendió el hombre, es la travesía de un ancho océano, con una orilla que va alejándose y otra que se presiente cada vez más cerca, pero que se envuelve en un manto de niebla que no nos permite saber cuando ni cómo llegaremos a ella. Y en las noches oscuras, aquellas en las que no comprendemos si vamos en el buen camino o andamos circundando las tinieblas, cuando los vendavales húmedos arremeten contra nuestra fragilidad, notamos la necesidad de buscar el norte en la luz que el cielo quiso regalarnos. Juan de la Cruz definió la noche oscura del alma, y el Carmelo ofreció al mundo el mejor de los faros. En las alturas prendió el nombre de su Reina, y la hizo Estrella de los mares de la vida. Desde esta barca zarandeada por la galerna de los avatares, ante su imagen maternal imploramos su luz. Sabemos que la travesía es dura y que nuestras fuerzas no serán suficientes para llegar a nuestro destino. Por eso, a esa Madre del Carmen, la Estrella de los mares, el iris de la ventura eterna; el Fénix de la hermosura, le pedimos que sea clemencia de consuelo, y medicina de los pesares de su pueblo, y que cuando miremos a lo alto, sintamos que Dios la puso allí para que sepamos que Él nunca nos abandonó a nuestra suerte. Pero ese mar en el que el hombre buscó su alimento, ese lazo de unión de tierras con tierras, es utilizado a menudo como frontera infranqueable del hombre con el hombre, y esas aguas bajo la blanca estrella de Nuestra Madre, se convierten en tumba y se cubren con la lápida de la insolidaridad y el fanatismo. Hermanos que llaman a Dios por otros nombres, mártires de la lucha contra la pobreza, lastres de una frágil barquilla que huyen a los fondos oscuros de los mares, miran también las estrellas que les indiquen el camino. Si los israelitas cruzaron el desierto para llegar a la tierra prometida, si los europeos atravesamos un día los océanos donde otro edén nos aguardaba, ellos, hermanos de sol y de luna, agarrados al salvavidas de la esperanza, llegan con manos abiertas y vacías, y si las aguas no devoran sus futuros inciertos, somos nosotros, los seguidores de ese mismo Dios con otro nombre, los que convertimos el sepulcro de agua en sepulcro de tierra. Miremos al rostro blanco de nuestra Madre. Recordémosla
en su huída a Egipto para salvar la vida de su Hijo, y que Ella
nos diga de qué nos sirven las patrias, las razas y las religiones
si no sabemos ser fieles al mandamiento mayor que Cristo nos trajo a los
suyos. Porque el suelo que pisamos es con igual justicia, otro Egipto,
otra tierra prometida, y otro Edén para el que llega, y esa Estrella
de los Mares, esa Bendita Reina del Carmelo, va a iluminar el camino de
cada hombre que habita la tierra, sea del color que sea, hable el idioma
que hable, y venga de donde venga.
Cansados ya de llorar
Alguien dijo que en la orilla
Y al llegar a la otra tierra
Alguien dijo su verdad,
Y la barquilla zarpó
La barca como una flor
Mientras en un mismo cielo
Y en la ciudad aquel día,
EL CARMEN EN SEVILLA
Y la Virgen , esa nube blanca sobre el Monte Carmelo, esa Estrella de los Mares que guía al navegante, morada viva de Teresa y silencio contemplativo de Juan, llegó un día hasta Sevilla, y su tallo echó raíces en una tierra preparada para ser maceta de su flor. El pueblo, sin saberlo, la esperaba. Ella habitaba en la memoria perdida del primer avemaría a su maternidad, en los rezos intramuros de un convento blanco, en las miradas de la madre que pedía por un hijo enfermo, y en el hijo que rogaba a Dios porque el alma de su madre estuviese ya en su cielo. Si aquella devoción que conmovió el mundo con su promesa de salvación, no encontró obstáculo en ningún rincón de la humanidad, al llegar a Sevilla, la flor pronto se abrió pétalo a pétalo y de su interior nacieron semillas que la fe y el amor extendieron con la brisa de sus noches primaverales. Desde la Catedral Magna, el alminar de la que fuera gran Mezquita, contempló cómo esa celeste mujer que no conocía iba abriéndole puertas a ese cielo que tocaba cada día con los dedos desde la cúspide de su elevación. Y en el reino azul del giraldillo, dominando jardines, laberintos de callejas, sombras y luces, nació un nuevo monte Carmelo que vería como una nubecilla blanca bajaba de las alturas y crecía en el corazón de Sevilla hasta que el pueblo supo que ya tenía trono para la Virgen del Carmen. Y la Virgen, espadaña a espadaña, nido a nido, fue abriendo puertas, haciendo nacer hogares de cariño en los rincones donde aun sin saberlo, había un hueco preparado para Ella. Y esta Ciudad que tiene casi todo el año cubierto de tradiciones, fiestas, devociones y arraigos, contempló como por la mano divina de la providencia, el periodo inhóspito del verano se cubría con el manto de la Madre, para vivir desde entonces en un perenne año mariano. Para quien aun no la conoce, para quienes solo saben de cruces, llantos, pañuelos y rostros cubiertos, puede ocurrir que el tesoro oculto del Carmen en Sevilla resulte todo un descubrimiento. Este pregonero va a intentar narrar con la humildad de la palabra, ese hallazgo que alguna vez le sucedió a todo el que descubrió la sonrisa en medio del dolor: Sevilla es una ciudad viva, quizá más que ninguna otra. Pero también es una ciudad que hace nacer esa vitalidad con la primavera. El invierno, y hasta el otoño sevillano, presentan también la magia, la poética interpretación que los sevillanos sabemos darle a nuestra historia. Pero la ciudad muere en verano. O eso creíamos. Empieza julio y un sevillano acude por necesidad al corazón del casco antiguo. La ciudad es en este momento una mezcla de sombras de recuerdos, de vivencias ya pasadas, de fantasmas de todas las emociones que nos trajo un año ya vencido por el sol. Los adoquines hierven en la tierra, y los naranjos recuerdan a las flores artificiales que se colocan sobre las tumbas. Sevilla, más que nunca, es ahora, infierno hirviente, más aun por la soledad insoportable que por el calor que funde en su crisol el oro que la primavera trajo allá por marzo. En medio de este forzado destierro, los templos son pequeños oasis donde los ermitaños de la ciudad de fuego pueden esconderse de la pira viviente en que se ha convertido su hogar de todo el año. Como espectro fugaz, una vieja devota acude a alguna misa de siete por un alma ya ausente. Ahora la ciudad no sabe de su propia existencia, y reza en silencio para que el aún lejano 15 de agosto la resucite de su sepultura estival, apenas el nardo vuelva a hacerse trono para aquella por la que reinan los Reyes. El sevillano, huyendo de su ciudad, deseando que el hogar pueda aliviar la llama inhóspita de ese sol que siempre llega, pero también huyendo de la soledad que inunda las calles, descubre de pronto una torre. Y que en la torre, mástil al aire, cuelgan banderas que desafían al sol de justicia, y elevan al cielo toda la devoción que el pueblo ha ido atesorando durante el año. Están abriéndose las puertas del monumental templo, y el sevillano penetra en él a la llamada de esas banderas al viento. Y donde esperaba encontrar un pálido remedo de ese desierto de soledad, encuentra la vida que no estaba ausente, sino escondida. Aquella que todo el año cantaron los poetas de la ciudad, la que nunca abandona a los suyos, la Madre de Dios y de los hombres, está allí esperándole. Mira a su rostro, y recuerda tantos rincones de Sevilla en los que la Madre del Carmelo ha dejado su señal, descubre que su tierra nunca muere, solo duerme, pero que la simple mención del nombre de su Madre, hace que despierte de su sueño estival. Necesitados de su cercanía, la buscaremos
en todos sus nidos de amor, y nos sorprenderemos de tantas manifestaciones
de cariño identificadas en nombre, tiempo y lugar. Y comprenderemos,
como el sevillano que la descubrió una tarde cualquiera, que mientras
Sevilla duerme en el desierto de su verano, vela junto a ella su Virgen
del Carmen.
Con un reflejo de sol
EN EL PURGATORIO DEL MUNDO
Miramos alrededor, y solo vemos tinieblas. Estamos rodeados de millones de personas, pero nos sentimos solos. Continuamente los fantasmas del pasado y del futuro invaden nuestros sueños y combaten con éxito nuestras pequeñas ilusiones de cada día. Los medios de comunicación solo comunican sufrimiento mientras alguien juega con nuestras voluntades y convierte en oro la ignorancia y el embrutecimiento. Los hombres estamos empeñados en dividirnos.
Nos dividimos por la raza, por la religión, por la cultura, por
cualquier cosa. Alguien dijo una vez que es más rentable un enemigo
que un amigo, porque con dos hombre luchando, alguien gana dinero, pero
con dos amigos que se quieren, solo se puede ganar alegría.
Desde el principio de los tiempos, el hombre buscó en el ritual el medio de comunicación con Dios. Todo los objetos de la creación podían ser sagrados, símbolos vivos de la presencia de su divinidad. Y cuando Simón Stock recibió de manos de la Madre de Dios el signo distintivo de la orden, sabía que con la sagrada vestimenta se abría una nueva ayuda en el camino de salvación que todo hombre recorre desde que nace. Aquel hábito carmelita se redujo hasta caber en la palma de la mano, y ese pequeño trozo de lienzo, el escapulario, quedó prendido para siempre a la altura del corazón de todos los hijos del Carmelo. Miramos el rostro de la Reina del Carmen, y por más que lo intentamos, no somos capaces de dar con las palabras con que darle las gracias por lo que Ella significa en nuestra vida. Porque ese escapulario no es solo un sacramental mariano de protección, sino una metáfora de su presencia en el interior de cada devoto, de que sus manos sostienen no solo al Hijo del Hombre, sino también a todo el género humano, y de que de nuevo, cada vez que nuestros labios se vuelvan a Ella, de los suyos saldrán, tras la íntima conversación con Dios Niño, las mismas palabras que en aquella celebración de amigos unidos por el amor: "Haced lo que él os diga". En medio de las olas, miro al mundo
CARMEN DE SANTA CATALINA Todos los que llevamos prendido en el alma el rostro de una Virgen que sonríe, sabemos lo grandes que pueden llegar a ser los días en los que edificamos para Ella el mejor de los tronos. Durante todo el año hemos llevado su retrato junto a nuestro corazón. Su rostro ha velado nuestros sueños, hemos sentido su cercanía cuando los golpes y las dificultades ponían barricadas en el caminar diario. Durante lo cotidiano de la vida, algo nos decía en el interior que debíamos luchar por Ella, por que su amor de madre llegue a todos los rincones donde nuestros labios puedan ser pregoneros de los suyos. Ha llegado Julio. La ciudad moribunda que aquel sevillano atravesó en el infierno de una tarde de verano va a resucitar de las cenizas ardientes de nuestro purgatorio estival. Y el barrio, ese barrio que siempre la busca aunque no la nombre, que lleva grabado a fuego un escapulario de sol con su Estrella de los Mares, como enamorado al que falta tiempo para lanzar piropos a su amada, la siente suya, ahora más que nunca, y todos esos recuerdos de vida diaria, de sentirla callada y pequeña en el rincón del templo, saltan de júbilo y hacen desbordarse el torrente de la devoción. Las casas blancas quisieran pedir al viento la voz de murmullos que arranca en la arboleda de Ponce de León, para poder gritar que el barrio tiene un sello, una marca de identidad que nadie le podrá robar, y que cuando la torre de Santa Catalina se vista de colores carmelitanos y pontificios, la cal de sus paredes va a llorar de impaciencia, va a presentir redobles de timbales y roce de metal con metal con que las bambalinas acariciarán los varales de su Reina. El pregón da el aldabonazo a las puertas de su gloria, y Santa Catalina se desborda ya de sus muros centenarios para que navegue por el mar febril del amor la barca gobernada por la capitana suplicante que un día anidó en sus linderos. El triduo se vuelve esperanza de júbilo. Volvemos a descubrir aquellas verdades que el Carmelo sigue transmitiendo siglo a siglo, y esas banderas al aire son campanario mudo que ordena a los vientos ser mensajeros de la Virgen del Carmen de espadaña en espadaña por Sevilla. Y el viento tórrido de julio, torre a torre, puerta a puerta, balcón a balcón, va dejando su bando impaciente en cada rincón. De San Román a la Encarnación, todo parece aguardarla, y el devoto de toda la vida, el que termina cada jornada con una Salve a su Reina, no puede evitar el orgullo legítimo de que la bandera viva de su barrio ya ondee en los labios de los sevillanos. Madre del Carmen, tu sabes que ellos siempre están contigo, pero míralos ahora, a tus plantas, y deja que sus súplicas humildes y grandes al tiempo sean los remos que te lleven dentro de muy poco por la mar serena de tu reino. Y cuando tú, Madre Nuestra, hagas nacer, varal a varal, el gozo y la gloria de tu barrio, no te sorprenderá que esos Avemarías de cada noche se vuelvan húmedo cristal en las pupilas de los que te quieren, porque para ellos, en ese 16 de Julio, el cielo al que todos aspiramos habita en las calles de Santa Catalina. Ya resuenan por las calles
EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE
Esta humilde ofrenda en tu honor alcanza ya su final. Sabemos que siempre estás con nosotros. Cada minuto de nuestras vidas, cada pequeña o gran alegría que Dios nos regala, cada lágrima que brota de nuestros ojos, cada pellizco a nuestro corazón, te tiene a ti como testigo. Pero aquel día en qué hiciste nacer la devoción a tu nombre, el más supremo gozo embargó el alma de tu servidor cuando tus labios hicieron nacer tu maternal promesa de salvación. Y supimos que todo el que durante su vida te hubiera entregado su amor, tendría en el momento de la muerte la mejor abogada ante el clemente juicio del Padre. Nuestra vida es como el agua del Guadalquivir que nos abraza. Nace del frío entre sonrisas de la naturaleza; conoce pueblos, buenas y malas gentes; se hace valle con su propia corriente y un día se funde en el mar con el agua de miles de ríos, hasta que el sol hace con su beso de calor la última llamada para que ascienda hacia el cielo y alimente desde allí a los ríos que nacen. Llevamos toda una vida diciéndolo al rezar. Sabemos que será tiempo de tinieblas. Que necesitaremos hacer acopio de toda la fe madurada durante los años que Dios haya tenido a bien regalarnos. Pero la última súplica del avemaría, "ruega por nosotros pecadores, ahora, y en la hora de nuestra muerte", repetida una y mil veces, será elevada desde nuestros labios hasta tu altar eterno apenas nuestra luz comience a declinar y necesitemos más que nunca tu auxilio como Madre del Carmelo. Y a ti, Amante devoto de la Virgen del Carmen,
que has superado dolores, angustias, decepciones, pero que también
has visto brillar la luz de la alegría, recuerda que cuando te llame
Dios por medio del destino, habrá una Madre junto a tu lecho que
te regalará toda la Esperanza que cabe en el mundo, y que por sus
mejillas correrá, aunque nadie pueda verla, una lágrima por
tu último sufrimiento. Invoca entonces su nombre, siente su escapulario
en tu pecho, porque de su mano cruzarás por última vez el
ancho mar de la vida, en la barquilla de la que ella es la capitana,
y ya en la otra orilla, te acompañará para siempre al Monte
Carmelo de la Gloria.
Cruza el mar de dos orillas
Cruza el mar de dos orillas
Que así sea. Sevilla, 11 de Julio de 2.002
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