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PREGON GLORIAS DE SEVILLA 2002
 

PREGÓN DE LAS GLORIAS DE MARÍA. 2.002

Sevilla, 4 de mayo de 2.002

José Antonio Fajardo Romero.



 

Una nueva aurora, nace cada año en la Pascua de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Una etapa gloriosa se inicia en Sevilla tras la Muerte del Señor. Un mayo florecido, nos indica el punto de partida de alabanzas para la Madre de Dios. La misma Mujer que los sevillanos hemos visto pasar por nuestras calles, con la mayor pena y amargura, somos capaces de transformarla en alegría y gozo, secándole las lágrimas de su rostro y descubriéndole una expresión letífica, con un niño acunado en sus brazos o embelesado a sus pies.

Venid y vamos todos con flores a María, que Madre nuestra es. Letra de una copla, que cantamos desde la infancia con fuerza al llegar el mes de mayo, cántico que prorrogamos hasta diciembre, cuando las hojas del tiempo otoñal están desprendidas. Ocho meses le duran a Sevilla los ramos que deposita a las plantas de María. Ocho meses sin marchitarse las rosas, claveles, gladiolos y varas de nardos. Ocho meses hablando de la Madre de Dios. Ocho meses perviven las Glorias de María en esta ciudad, que tiene por título el de Mariana.

Ocho meses, ocho. Y nos parecen pocos. Porque Sevilla, un año y otro y cientos de años ha ponderado a María, le ha cantado fuertemente. En cada rincón de la ciudad, en cada barrio, en cada casa, Ella siempre ha estado presente entre nosotros. Bienaventurada María, la de mil formas llamada; Rosario, Pastora, Rocío, Carmen, Reyes, Inmaculada, Mercedes..., tantos nombres, tantas advocaciones para una Reina, pero nunca nos cansaremos de suplicarte: María, no nos abandones.

Nuestra Señora de las Nieves.
Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo.
Excmo. Sr. Alcalde.
Ilmo. Sr. Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla.
Excmas. e Ilmas. Autoridades.
Sevilla, mariana y cofrade.

¡Qué generosa es Sevilla con sus hijos! Cuando más entretenido estaba con mis cosas cotidianas; mi familia, el despacho, la Hermandad, esta Ciudad me señaló para que yo le hablara de la Virgen. No de otro tema, no; precisamente, de la Virgen María. Con lo que significa María para Sevilla y, lo que es capaz de hacer Sevilla por la Reina de los Cielos.

De repente pensé: esto es, sin duda, obra de Ella. Y me tranquilizó, porque si recibió con humildad la noticia de ser la Madre de Dios, sin pedir explicación alguna y, con la seguridad de que nada malo ocurriría, yo también con sencillez, debo aceptar esta llamada de la ciudad, para declarar públicamente mi amor a la Santísima Virgen; sabedor, además, de que Nuestra Señora de las Nieves será mi protectora esta noche, cuando recorra Sevilla agarrado de su mano.

Por eso, gracias Señor Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías, gracias Señora Teniente de Alcalde por sus magníficas palabras de presentación. Gracias Sevilla. Gracias María.

Rosario de María Santísima, Nuestra Señora de las Nieves. Es la leyenda que reza en un azulejo existente en la fachada de la Iglesia de Santa María la Blanca.

En vísperas de la Cuaresma, las Glorias de María sonaron en esta Sevilla miscelánea, que es capaz de mezclar el dolor de Cristo y de su Madre, con la Gloria Bendita que cubre a la Virgen María.

A pesar de que el calendario marcaba el invierno, los sevillanos percibimos el pasado febrero, la blancura del azahar, del jazmín y del nardo, imaginándonos este bello instante de tener entre las naves de la Catedral a la Virgen de las Nieves. Había brotado un mes antes la primavera para una Hermandad de Gloria que quiere abrirse camino recuperando el tiempo esplendoroso del ayer.

Tu nombre, Nieves, no nos transmite la frialdad del término. No se derrite con los calores de esta ciudad. Tu nombre, blanco e inmaculado, es el mismo Sol que calienta nuestros corazones. Es el resplandor que te rodea, áureo y brillante, cuando te adentras por los jardines que envuelven el Alcázar o por angostas calles de nácar del barrio de Santa Cruz.

El destino nos ha unido esta tarde aquí, para que los dos de la mano demos testimonio de la devoción mariana. Pero como una imagen vale más que mil palabras, mi voz callará cuando me aparte de este atril y el eco besará los pilares de la Catedral en señal de despedida, pero tu presencia perdurará en este Templo para recordar siempre a Sevilla que tu presidiste un Pregón, el de las Glorias de María.

Cuando esta bendita tierra se enamora de algo o de alguien de fuera, lo hace tan suyo que no hay fuerza natural que se lo arranque. Que María nació en Nazaret es algo tan paladino que sería absurdo negarlo. Pero la expresamos tan sevillana, tan nuestra; la hemos modelado, esculpido y vestido de tal manera, que parece que nació en cualquiera de nuestros barrios.

En Sevilla, la Virgen es de Triana, de la Macarena, de Torreblanca, de Bellavista y de un sinfín de lugares y plazas. Según esté vestida, según ande su paso, sabemos perfectamente de dónde es.

La historia de esta urbe ha estado marcada por un binomio, me atrevo a decir, por un matrimonio perfecto y duradero de siglos entre la ciudad misma y la Virgen María.

Antes de que el cristianismo fuera aniquilado por el islam en el siglo VIII, la presencia de María era palpable. Vestigios de ello lo encontramos al descubrirse enterrada en tierras lejanas una imagen de la Virgen con un epitafio que decía "soy de Sevilla" y averiguaciones posteriores confirmaron que de San Julián. Era la Hiniesta Gloriosa, sevillana como ninguna, coronada por sus hijos y con llaves de la ciudad, por algo es la Alcaldesa, Patrona de un Ayuntamiento que en las mañanas de Corpus le levanta un Altar.

Después de 500 años sin la presencia de la Virgen, esta ciudad recobró su identidad mariana gracias a un Rey, que también lo hicimos nuestro, nombrando al primer templo como de Santa María y dejándonos para el recuerdo perpetuo a una imagen, la de los Reyes, para ser patrona de una Archidiócesis.

Por eso Madre, los sevillanos te elevamos sobre peana dentro de un camarín. Te construimos un rosario de Iglesias y Capillas, siendo cada cuenta un nombre; un Ave María. Y como en las Letanías, Tú eres para nosotros, Santa Virgen de las Vírgenes, Pura y Limpia, Inmaculado Corazón, Reina de Todos los Santos, Divina, Madre de Dios y Nuestra Señora.

Sin embargo, si hiciéramos un examen de conciencia individual, si apartáramos de nuestros ojos las pajas que en ocasiones se asientan, veríamos que esa Virgen que tanto ensalzamos con cantos de Glorias y solemnes Funciones, llora en la Tierra.

Su tristeza no le viene por el dolor que su Hijo padeció para salvar a los hombres. María ya sufrió bastante a los pies de una Cruz sangrante y su pena fue superada en la Resurrección de Cristo. Me refiero a la tristeza que padece diariamente por nuestras culpas.

Tenemos a nuestro alrededor un mundo tan olvidado, que nos estamos convirtiendo en presos de una incuria que en nada alegra a Nuestra Madre.
Cuando veamos a los pobres, a los indigentes, a las mujeres y niños maltratados, acordémonos de la Santísima Virgen en la advocación de Mercedes, porque Ella es liberadora de cautivos.

Hoy no existe el cautiverio que conoció San Pedro Nolasco en el siglo XIII con las aprehensiones sarracenas. Pero no por eso el sentido de la Merced ha desaparecido. En el siglo XXI, hay muchos presos sin barrotes que sufren en sus propias carnes el dolor de la miseria y el desprecio.

Seamos alfaqueques de nuestros días, invoquemos a las Mercedes para que nos ayude a ser hombres y mujeres responsables para con los necesitados, arrancando las cadenas y grilletes a los que se encuentran sometidos. ¡Basta ya! de tanta indiferencia, de mirar al otro lado cuando un hermano padece.

Si la Virgen de las Mercedes es dadora de libertad y dignificadora de sus hijos más oprimidos, sigámosla fielmente, porque esos problemas de la sociedad los tenemos aquí mismo, en la tierra de María Santísima.

Digamos sí a María sin condiciones. Ella dijo sí, al Arcángel San Gabriel, para ser Madre cuando no conocía varón. Ella dijo sí, cuando halló a su Hijo en el Templo predicando. Ella dijo sí, a los pies de la Cruz, a pesar del inmenso dolor que padecía.
Por eso, Madre de las Mercedes, desde tu rincón de la Puerta Real, danos las fuerzas suficientes para seguir tu obra redentora de cautivos. Danos la valentía necesaria para decir también como Tú, un fuerte sí, quiero ser un cristiano comprometido.

Volviendo a la ponderación de Nuestra Señora, hay dos fechas en el calendario mariano muy dispares entre sí, que enmarcan a la Virgen María con dos advocaciones distintas, pero de inmenso asiento devocional. Una se venera en pleno estío y la otra, en el avanzado otoño sevillano. Dos nombres de Madre; Reyes e Inmaculada Concepción.

Cerrad conmigo los ojos y dejad que la imaginación nos embargue, para comprender la relación que tienen estas dos Vírgenes sevillanas.

La Virgen de los Reyes tiene sobre su regazo un precioso Niño milagroso, sonriente, travieso y juguetón, que por residir aquí tanto tiempo se conoce todos los rincones de este Templo y cada una de las historias que han ocurrido. Por otro lado, como en cada tarde del mes de diciembre que se celebra la Octava de la Inmaculada Concepción, los Seises bailan ante el Santísimo Sacramento.

En una de ellas, mientras se colocaban sus trajes en una sala cercana a la Capilla Real, se escucharon unos pasitos cortos que se aproximaban a la puerta. Una cabecita con corona se asomó para ver a los diez niños que allí se encontraban.

Por ser frecuentes sus visitas, los seises lo conocieron de inmediato y le invitaron a pasar. Tanto le apasionaba aquella tertulia al Niño Jesús, que siempre le preguntaba al más bajito, si se podía probar sus zapatillas y el sombrero de plumas, accediendo sin reparo alguno.

Llegada la hora del baile, el pequeño Jesús, corriendo fue a buscar a su Madre para presenciarlo y por no llamar la atención, se colocaron en una esquina de la hermosa reja que envuelve el Altar Mayor.

Mientras todo aquello se desarrollaba, con la acompasada música y voces de la Escolanía, la Virgen de los Reyes escuchaba atentamente lo que el Niño, por su sabiduría, le iba explicando en voz baja para no distraerlos.

  - Mira mamá, los de los extremos, se llaman puntas y los que están en el medio de cada fila, centros. Ahora han formado una M de María. Observa, se han puesto de rodillas quitándose sus sombreros, porque están alzando a mi Padre, mientras cantan Alabado sea el Santísimo Sacramento. ¡Qué orgullosos están de ser los seises de la Catedral de Sevilla! ¡Si yo pudiera ser Seise, Madre! Las plumas de mi sombrero, trémulas y ondeantes, dibujarían pinceladas de arco iris en el aire. El canto de mis castañuelas, serían repiques de campanas de altas espadañas. Y mis blancas zapatillas, marcarían pasos de celestiales danzas para un Sol cargado de Pureza.

Con esta explicación, ahora entiendo, porqué Sevilla no le puso a la Inmaculada un Niño en sus brazos. Porque quiso Dios que fueran diez ángeles vestidos de celeste y oro los que le rindieran honores en su Octava y, por si fuera poco, esta Ciudad la Coronó Pura y Limpia en presencia de sus querubines, que tanto la aman, llevándola en volandas hasta un Postigo de Gracia infinita y Santuario de un Dogma que siempre defendió. Y además Sevilla, le levantó un triunfal monumento para que, casi rozando el cielo, la cobijara y bendijera y así Ella gozara de alegría cada vez que de madrugada le rondara la universidad trovadora; la de capas negras con cintas de colores, demostrándole un inmenso amor con ofrendas de flores, al son de guitarras y bandurrias; porque la Inmaculada aquí, no sólo es Madre, sino novia de Sevilla.
Los distintos nombres de la Virgen se viven en Sevilla como las horas del día, es decir, hay encuentros con María al amanecer, al atardecer, y otros, en la noche.

Si hay una advocación plenamente identificada con la mañana, esa es Rocío. Si el Espíritu Santo envolvió a una Virgen niña para cubrirla de gozo antes de nacer el Mesías, fue porque así lo quiso Dios Todopoderoso. Y porque así está dispuesto, ese mismo Padre, lo envía cada año por Pentecostés, en forma de Paloma hasta nuestra ciudad, haciendo cinco paradas; Triana, Salvador, Macarena, Cerro del Águila y Sevilla Sur.

Cinco hermandades que parten desde la ciudad despedidas por los sevillanos, agasajadas por el entusiasmo y alegría con que siempre se han caracterizado. Vítores al Pastorcito, a la Reina de las Marismas. Salves y más Salves a la Madre de Dios, antes de iniciar el camino desde cinco rincones rocieros y calles por donde transitan.

Una paloma que eleva el vuelo por la cornisa del Aljarafe, para adentrarse en los pinares y marismas de la Huelva hermana. Lento caminar de bueyes, que llevan por los arenales a un camarín peregrino que guarda celosamente un Simpecado.

Noches de hogueras alrededor de la carreta para cantarle plegarias a la Madre de los Cielos, a los sones del tamboril, bajo un manto de estrellas que cubre a los romeros, que se acercan a Ella para consolar sus penas.

Camino hasta el Rocío con devoción para muchos, empañado por quienes lo toman como folclore y fiesta. El Rocío, es algo más que una manifestación popular vacío de contenido religioso y, en contra de ello, me consta la existencia de muchos rocieros, que hacen una verdadera peregrinación hasta la aldea de Almonte, por sacrificio ofrecido a María.

A ellos les he dedicado estas humildes palabras, porque me quedo con ese Rocío de amor.

Pero hay otro amanecer con María. Sevilla se ha distinguido siempre por su tolerancia y acogimiento con el que nos visita o viene con la intención de quedarse. Esto ha ocurrido con muchas personas que a lo largo de los tiempos se han unido a esta ciudad haciéndose hijos adoptivos, conviviendo y participando de lo nuestro.

Si María es de esta tierra porque así lo quiso la gracia del Cielo, Sevilla contagió al foráneo a querer a la Madre de Dios, concediéndole el beneplácito de venerarla aquí con el nombre que quisiera, porque en el corazón de la Híspalis eterna, caben todas las advocaciones que en otros lugares existan.

Como un nacimiento de estos nuevos nombres de la Virgen he querido comparar el amanecer con María. Ya os rondará en vuestras mentes que aquí, el despertar del día con la Reina de los Cielos, se hace rezando el Rosario de la Aurora.

¿ Habrá momento más dulce que orar ante la belleza de una Madre, con los primeros destellos del día?.

Cuando la noche empieza a dejar de ser oscura, cuando aún no se divisa la claridad en el horizonte, la Virgen de la Cabeza se dispone a recorrer las calles del Barrio de la Feria, que ha olvidado su amargura de los días de Cuaresma.

No es un día de bullicio y gentío. No habrá marchas procesionales. Existirá recogimiento por un encuentro con la Virgen de la Sierra en la intimidad.

La única música; un coro que arrancará por sevillanas entre misterio y misterio glorioso. Hombres y mujeres, con cirios y velas en las manos, anunciarán cantando el rosario; que Guadalupe está presente en Carlos Cañal al amanecer.

Un lucero del alba, que no quiere perderse en el firmamento cuando las claras del día se intensifican, se convierte en estrella de Belén que nos guía por plazuelas y calles. Torres y espadañas que despiertan acabada la noche, para ser testigos en la altura de la Bienaventurada Virgen del Pilar por Sor Ángela de la Cruz.

Calles de naranjos y adoquines con olores a rocío fresco de un amanecer único en el mundo. Pájaros que toman el vuelo con un ir y venir revoloteando el cielo sevillano que poco a poco toma colorido y luz naturales. Farolas que se rinden a tu paso, Araceli, para no deslumbrar al mayor de los luceros, que camina lentamente entre balcones de gitanillas y geranios por San Andrés.

Un Niño soliviantado por el paseo matutino ha quedado desvelado y no ha dormido en toda la noche. Con ojeras de cansancio comprueba cuánto aman a su Madre, un grupo de personas devotas de la Excelsa Virgen del Juncal.

El repique de un campanillo anuncia en el silencio, que una Hermandad de Gloria que venera a Guadalupe, procederá de un momento a otro a transmitir la gracia plena que su Alteza concede desde la Iglesia de la Misericordia.

Mañanas de primavera que anuncian suaves brisas, calores del estío, o nieblas otoñales que envuelven la cintura de la Giralda mora. Distintos amaneceres para recibir a Nuestra Señora que se traslada a otro templo para iniciarse un culto en su honor. En andas o en parihuela, con faroles o candelabros de guardabrisas; contraste de claroscuros en callejas estrechas del centro de la ciudad, para cubrir con tu manto, Virgen del Prado, el amor que se palpa a tu alrededor.

Un convento que abre de par en par las puertas de su intimidad, enseñándonos a rezar un misterio del rosario desde la vida contemplativa. La Virgen de Montemayor que las visita como a su prima Isabel, para dejarle su rostro alegre y complaciente, a ese grupo de mujeres que abandonaron un día la comodidad de la vida, para entregarse a los demás.

Una Cruz de Guía, que abre el pequeño cortejo con paso lento y seguro, anuncia que no viene un Cristo muerto, sino la alegría del Barrio de la Calzada, transformado en demasía. La Virgen de Valvanera camina entre sus fieles perdiéndose entre imaginarias huertas que perdieron el olor de los frutales, porque dejó de correr en los Caños el agua fresca de los Alcores de Sevilla.

Al alba, María, al alba. ¡Será sabia esta urbe universal, que un día descubrió, que el rezo del Rosario en la calle, no era igual sin tu figura! Porque tu presencia siempre atrae, siempre cobija a los que nos acercamos en la mañana temprana a rezarte. Los primeros rayos del sol iluminan tu rostro alegre para besar tus mejillas. Te decimos: ¡Buenos días, Señora!, aquí estamos de nuevo a tus plantas para contemplar tu belleza con la frescura alborada. ¿Habrá más gloria en Sevilla que despertar a tu lado cuando amanece?. Contigo siempre al alba, María, al alba.

Las horas del día transcurren y María sale al atardecer vestida de Pastora. Casi al comienzo de mis palabras manifesté que era una evidente realidad el hecho de que la Virgen María nació en Nazaret. Pero Sevilla tenía que demostrar al mundo cristiano que una advocación, Pastora, tuvo su luz en esta ciudad. En San Gil está su partida de nacimiento, porque Fray Isidoro tuvo el enorme acierto de considerar a la Virgen como Madre del Buen Pastor.

Si entendemos el vocablo pastora como la que cuida y guía a su rebaño, la Virgen María fue Pastora del Verbo que encarnó, dándole el primer templo que tuvo Dios en la tierra al llevarlo en su vientre. También fue Pastora al darle su corazón; la primera escuela que tuvo Cristo Niño
.
Pero finalizada su misión para Dios, fue después nuestra Pastora desde el momento de la Asunción en cuerpo y alma camino del Cielo.

Divina Pastora de un redil sevillano que te manifiestas por recoletas calles de San Lorenzo en tardes de cruces de mayo, elevadas en patios y plazas, convertidos en jardines para la flor de Pascua primaveral, hermosa y campesina.

Pastora por Capuchinos que tiempos atrás, paseaste por huertas de extramuros; grandes prados bucólicos por donde jugaba tu Divino Pastorcito.

Pastora de Santa Marina, hoy amparo de muchas almas en el barrio de la Feria, sentada bajo un árbol conduces a tus siervos por un sendero de amor, que trazas en el suelo con tu bendito cayado.

Y en Triana, Pastora con ojos negros de mujer andaluza, que transmites a tus hijos al final del verano la alegría de tu cara a orillas del río. Un Guadalquivir que sirvió de alfombra celestial al convertir sus aguas en camino de flores cuando navegaste en barca de Reina para celebrar un Patronazgo que los deportistas te ofrecieron.

Sombrero, corpiño, tirabuzones en el cabello. Símbolos pastoriles que a la vuelta de las calendas van a cumplir 300 años de historia. Desde este atril quiero animar a los pastoreños para celebrar tan grande efeméride, invitándoos a profundizar en María, y a que digáis con fuerza a los cuatro vientos, que la Madre del Cordero Divino, nació por la gracia del Cielo, en una tierra llamada Sevilla.

Pero además, hay otras advocaciones que han ido surgiendo a la vez que esta ciudad crecía y salía de su recinto histórico, creando y habitando nuevos barrios.

Con esta implantación tardía, he querido comparar el atardecer, con el surgir de nuevas Hermandades de Gloria en esta Sevilla sin igual. Urbe que no solo se acuerda de María, sino de su castísimo esposo San José y lo hace como obrero humilde y sencillo que trabajó honrosamente para su hijo, como lo hace cualquier padre que adora a su prole.

De igual modo, venera al Sagrado Corazón de Jesús en el barrio de Nervión, entre calles de naranjos bañadas por un sol reflejado en su entrañable pecho.

Y tampoco olvida a San Antonio de Padua, que evangeliza en las tardes de verano al Barrio de Torreblanca.
Cuando el sol del atardecer cae sobre el horizonte, una fachada es iluminada por los áureos rayos para dar más luz, si cabe, a Nuestra Señora de los Desamparados, que al pie de una cruz, se asoma a la puerta de su Templo en el Parque Alcosa.

Golondrinas que van y vienen a las anidadas cornisas alegrando con sus cantos las tardes primaverales, cuando la Virgen de la Candelaria procesiona por las calles.

Flores que buscan el rostro reconfortante del Inmaculado Corazón de María, orgullosas de pertenecer al jardín que es mecido con mimo por los costaleros a la orden del capataz, entre las coquetas esquinas de Heliópolis.
Intacta cera de una candelería que no llora con ardientes lágrimas, porque para qué más luz, que el Sol que recorre el Barrio del Plantinar.

Un cielo, que con el discurrir de las horas, deja de ser celeste y luminoso, para teñirse en áureo rojizo y que servirá de toca a Nuestra Señora de la Anunciación, allá por Juan XXIII.

La tarde en Bellavista, ese momento del día que no desea morir; que no quiere hacerse noche, para buscar la hermosura de la Virgen de Valme. Luz del sol más radiante para una cara de Virgen Niña. Rayos dorados, celosos de la chispeante cera, que se resisten a perderse en el crepúsculo del Aljarafe. Halos de luces que iluminan los guardabrisas, deslumbrando a los pabilos para que nunca se enciendan. Tardes de paseo María, con tu hijo recorriendo las calles de Sevilla, antes de que caiga en la Macarena rendido por el sueño.

Tardes cualesquiera del año, con diferentes luces para una misma Madre, que sonríe con distintos nombres. Virgen que en tiempos del Rey Santo bajó de los Cielos con legiones de ángeles, para sembrar amores en esta tierra y tan enamorada quedó, que le envió a Dios un recado con sus serafines, para que jamás la esperasen, porque la Giralda de rodillas, de esta manera le suplicó:
  - Quédate para siempre conmigo María, que yo te enseñaré cada día la puesta de sol imaginada; seré la primera mora que se haga cristiana, para adorar a la más hermosa de las mujeres. Porque te levantarán a mi vera un templo de locura. Te coronarán mil veces, te construirán monumentos. Por tí, gobernarán los Reyes; por tu Pureza, derramarán la sangre. Te rodearán de fuentes y jardines desde la Macarena hasta el Alcázar. Te izarán torres con tañidos de campanas. Te elevarán conventos con encajes de rejas, porque no habrá lugar en el mundo donde más te imploren. Pero esta ciudad que te descubro, no es la Isbilia que hoy admiras, sino la que sueñen los poetas; la que dibujen los pintores; la universal, la tolerante y acogedora. No dudo que en los Cielos te quieran, mi Reina, pero nunca lo harán como en Sevilla.
 Fenecida la tarde, ocultado el sol por el ocaso diario de mi amada ciudad, brota la magia de la noche cofrade.

 En las noches del mariano mes de julio, se rinde culto a la Virgen del Carmen en distintos sitios de la urbe; San Gil, Santa Catalina, San Leandro, El Salvador, Santo Ángel, Calatrava y Triana.

Un Carmen marinero que surca las aguas hispalenses, partiendo desde distintos puertos entre multitud de devotos, cuyo discurrir, mi musa lo ha imaginado así:

   La Virgen del Carmen navega
   por el Río Guadalquivir.
   Excelsa Capitana
   de un velero bergantín.

   Embarcación de talla dorada
   con cinco palos de eslora.
   Luz en agua reflejada
   del brillo de una corona.

   Devoción mariana que navega
   por el Río Guadalquivir.
   Calle ancha de Sevilla
   por donde ir y venir.
 

   La Cruz del Carmelo por mástil,
   de Santa Catalina, un palio es la vela.
   Media luna por timón,
   un escapulario por bandera.

   La Virgen del Carmen navega
   por el Río Guadalquivir.
   Un viento en popa le llega
   con aromas de alhelí.

   Junto al puente, la Capillita se otea,
   una torre la vigila
   cuando la nave marea
   en agua calma y tranquila.

   Un niño con potencias
   por cubierta corretea,
   ora a estribor -mamá, mira Sevilla
   ora a babor -mira, Triana.

   Marinero, pon rumbo a la Barqueta
   para arribar en Calatrava y San Gil,
   que la Virgen del Carmen navega
   por el Río Guadalquivir.

 ¿Qué tiene la noche de esta Villa cuando procesiona un paso por sus calles? ¿Qué aroma, qué perfume se respira para que todo sea distinto? ¿O es que quizás sea diferente, porque lo soñamos antes de que ocurra?. Aunque viviendo en Sevilla no es difícil soñar. ¡Basta enamorarse, que los duendes pondrán lo demás!.

 Si la noche aparece tras la madurez del día, hay nombres de la Virgen que se identifican con la Sevilla clásica y antigua. Nombres, que según el lugar por donde transitan las Hermandades de Gloria que le rinden culto, al llegar la noche, nos dicen mucho más que la propia advocación en sí.

 En la calle Sol, brilla con luz propia María Auxiliadora con su hijo, que le abre los brazos a la centenaria familia salesiana para cubrirla con la Gracia Divina.

¡Cuántos piropos y halagos te dice tu Niño al mirar tu rostro, Reina de Todos los Santos! ¿Qué dialogo íntimo tiene contigo? ¡Quizás te diga que no le salen las cuentas; que le faltan Santos en su nómina; Marcelo Spínola, Manuel González o Sor Ángela de la Cruz!

 Por San Martín, una Divina Enfermera sana todos los males y alienta con su Esperanza al adentrarse por Saavedra en plena noche de estiaje.

Una Santa, Lucía Virgen y Mártir, da vida a nuestros ojos a su paso por Alhóndiga.

 Desde San Esteban, una Luz ilumina el cielo nocturno de Sevilla, dejando una estela de amor, con sabor añejo de un barrio de intramuros.

Ojalá pronto podamos contemplar bajo hermosa tumbilla a la Virgen de los Reyes, Patrona de los sastres, por las calles adyacentes a San Ildefonso.

Por la antigua judería, recorre un sinfín de callejas estrechas, la figura esbelta y elegante de la Virgen de la Alegría, casi rozando fachadas iluminadas por guardabrisas de su paso, componiendo una sinfonía de colores y aromas.

 La noche se hace más romántica por la Alfalfa, cuando la Virgen de la Salud recorre la feligresía de San Isidoro derrochando alegría de primavera.

Y cuando el calendario procesional está a punto de terminar, Nuestra Señora del Amparo, al regresar a la Magdalena en noche cerrada de noviembre, convierte en oro las hojas de los árboles que caen con lenta mecida hasta el suelo, tejiendo a sus pies una alfombra otoñal en la Sevilla mariana.

Así es la noche que admiramos los amantes de las cofradías de Gloria. Pero mis celos de amor, me llevan más lejos Madre Mía. Me invitan a subir hasta el firmamento y convertirme en el astro plateado que te contemple desde arriba. Y para ello, quisiera ser la luna. Una luna inmensa, para llenarte de gracia. Quisiera ser la luna de noches claras, para ver siempre tu faz de primavera.

Quisiera ser la luna, para buscarte por calles y plazas; por la Judería, Ancha la Feria, la Magdalena o la Alfalfa. Quisiera ser la luna que imantara tu cetro, para quedarme dormido en tu mano, aunque fuera un momento, o saltar en pedazos y ser en tu muñeca, las cuentas de tu rosario.

Quisiera partir en dos mi alma. Media luna, para seguir en el Cielo e iluminar tu ráfaga; media luna, con puntas de estrellas, para rendirme ante Tí y escucharle a las flores las nanas que a tu niño le cantan.

Quisiera ser la luna que bajara hasta el río, para grabar en sus aguas con letras de plata, una leyenda que dijera: "Te quiero María, te quiero".

¡Cuántos nombres se han engarzado hasta ahora!. Han ido surgiendo en nuestros oídos, como un rosario de amores. Otra forma de llamarte, María, ha venido a mis labios.

Existe en Sevilla una arraigada devoción a la Virgen del Rosario. Tres Hermandades de hoy; Alegría, Nieves y Mercedes de la Puerta Real, tuvieron en el siglo XVIII por título esta advocación.

Actualmente, Nuestra Señora del Rosario, es venerada en el Barrio León, donde fieles y devotos le rinden cada año su amor, engalanando balcones y fachadas, para celebrar la palpable presencia de su Virgen.

Si dejamos por un momento Triana y nos adentramos en Sevilla, en el barrio del Arenal, está el Rosario que intercede, para que los maestros del toreo dibujen los soñados naturales, en el coso maestrante.

Sin apartarnos de la orilla del Río Guadalquivir, otro Rosario se encuentra en un barrio que fue marinero, con calles estrechas que así lo recuerdan; Dársena y Bajeles, que al llegar el mes de octubre se ensanchan como mares para dar paso a la Reina de los Humeros, adornadas con guirnaldas y mantones, entre cantos de sevillanas, en una mañana otoñal ante una lluvia de flores, cuando regresa del Convento.

Muy cerca de allí, en la Parroquia de San Vicente, otra Virgen del Rosario es proclamada al Cielo. Más adentro de la ciudad una imagen es venerada, esta vez en San Julián, digna de ver en Santa Paula o Santa Isabel. Y no lejos de la antigua Puerta de Córdoba, siguiendo el único vestigio de urbe amurallada que nos queda, se encuentra en la Macarena, un Rosario muy especial para quien os habla.

No se si es coincidencia o disposición de María lo que os voy a narrar. En una mañana lluviosa del pasado mes de octubre, se bautizó mi tercer hijo, Ignacio, en la Parroquia de San Gil.

Finalizado el Sacramento del Bautismo pasamos a la Basílica para presentar el nuevo cristiano a los Titulares Macarenos. El Señor de la Sentencia y la Esperanza Macarena estaban radiantes, como siempre, en sus altares; pero la Virgen del Santo Rosario quiso bajar de su trono de Reina para recibir al pequeño neófito.

Estabas allí Señora esperándonos con tu Hijo inclinado sobre tu pecho. Un beso en tu mano bastó para arrancarte una sonrisa. Dos madres felices, dos ángeles arrullados. La cabeza de tu Rey, cubierta con presea; la de mi príncipe, por agua de vida que borra un pecado. Zapatitos de plata calzaba tu niño; patines de lana el mío. Dos infantes distintos, pero plácidamente dormidos.

Una espontanea "Salve Madre", de una voz que en ocasiones ha roto con una profunda saeta, el Cielo de la calle Santiago, inundó la Basílica para rezarle a María. Y a pesar del canto, los dos niños dormiditos seguían.  ¿Soñaban Señora?. Dime tú qué soñaban.

Por sus desnudas mentes se dibujó que algún día corretearán por la Resolana, o que jugarán en el atrio. Que serán costaleros, armaos, nazarenos. Soñaron  con una madrugada de duende y encanto. Con mañanas de Viernes Santo bañadas por un cielo azul celeste. Con el sol brillante que ilumina fachadas blancas de calle Parras. Con capas de merino y antifaces de terciopelo. Con lanzas y corazas de una Centuria Romana, que defiende al Mesías sentenciado y con un Arco, que es la Puerta del Cielo.

Soñaron, claro que soñaron. Sueños que circulan por las venas, sin que nadie lo enseñe, sin que nadie lo explique. Sueños que rebosan de Esperanza desde el primer instante de nuestro ser.

Señora del Rosario, como tu hijo dormido en tu tierno brazo, nacemos con una huella especial y soñamos, desde niños, a ser lo que somos; macarenos.

Antes, abandoné Triana sin mencionar un Rosario que está en Santa Ana y que además de ser Madre de Dios, es Patrona de Capataces y Costaleros. La que bendice el buen trabajo hecho desde las trabajaderas.

La experiencia del costal, es tan íntima y profunda, que es difícil de narrar y quizás por eso, a veces poco comprendido desde afuera. Lo que sí es cierto, es que salir de costalero te deja un estigma tan enorme, que ya pueden pasar quince años sin meterte bajo un paso, que jamás lo olvidas. En muchas ocasiones, te sientes tan incómodo y molesto, que te pasa por la mente la idea de abandonar. Sin embargo, si sales por amor y devoción hacia la imagen que llevas sobre los hombros, los momentos de satisfacción te hacen olvidar por completo los adversos. Es un veneno que penetra en las venas hasta tal extremo, que cuesta mucho trabajo dejarlo todo. Siempre he estado convencido, que el aguante no está en la fuerza muscular, sino en la del corazón.

Me siento dichoso de haber sido costalero de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, a quien tanto debo y agradezco en mi vida. Pero también lo he sido de la Amargura y de María Auxiliadora en Nervión.

He conocido desde abajo, la injusticia de una Sentencia, la Amargura del dolor y la alegría ecuménica del Auxilio de María. Tres experiencias distintas, que han reforzado aún más mi fe cristiana.

Todavía recuerdo aquella tarde de mayo llevando sobre mis hombros a María Auxiliadora, visitando los enfermos de San Juan de Dios. Aun perduran en mis oídos, los cantos que las alumnas salesianas le dedicaban a la Virgen, en la entrada de la procesión.

Pero si de algo me siento orgulloso, es de haber vivido y participado con una Amargura gloriosa que no lloraba. Fue en el mes de noviembre de 1.979 y acababa de cumplir dieciocho años, cuando el destino me hizo gozar bajo las trabajaderas del paso de la Virgen.

Amanecía en una fría mañana cuando te sentí dentro de mi corazón. No te consolaba San Juan, ¡para qué su presencia, si no sufrías! Preferiste ir sola a la Catedral en tu paso de palio.

 Escuché por primera vez desde la trabajadera, cómo besan las bambalinas los varales de plata, con un tintineo que se mecía en mis oídos. Y aunque tu rostro no ví, me imaginé una sonrisa en tus labios, porque ibas de paseo a celebrar un cumpleaños; el 25 aniversario de tu Coronación Canónica.

Por eso, ese día no había tristeza ni sufrimiento, porque no había desprecio que recordara tu nombre; Amargura. Sólo el júbilo de un barrio que te despidió con alegría, porque Tú ibas gloriosa y contenta, hasta estas naves que te cobijaron, para rememorar un gran acontecimiento mariano.

Gracias Virgen de la Amargura, porque yo fui por tí, uno de los treinta y seis hombres que te hicieron feliz en una gélida mañana, al ser mi costal, el pañuelo de seda que borrara las lágrimas de tu pena.

Si se pudiera dar una explicación al gran numero de advocaciones de la Santísima Virgen, esta pasaría, sin duda, por el papel importantísimo que han jugado las Hermandades de Gloria a lo largo de la historia cofrade.

Sin embargo, son poco conocidas por muchos sevillanos e indiferentes para unos pocos. Parece como si pertenecieran a la ciudad oculta e intimista. Quizás sea porque una de las peculiaridades de nuestras Hermandades, es el carácter familiar que tienen imprimidos; de ahí sus reducidas nóminas de hermanas y hermanos.

Me causa una gran admiración, la supervivencia a lo largo de cientos de años, sin apenas recursos económicos y humanos y, no lo expongo porque pertenezca a una de ellas con cargo de responsabilidad, sino como algo evidente que no escapa a nadie.

Las Hermandades de Gloria viven y perviven gracias a unos pocos cofrades anónimos, que entregan sus vidas a la Hermandad, girando día tras día alrededor de ellas. "Donde están dos o tres reunidos apelando a mí, allí, en medio de ellos, estoy yo", (Mt. 18,20), nos dijo Jesucristo; frase que se podría aplicar sin duda, a nuestras Hermandades de Gloria, porque existirán, mientras haya dos o tres personas dispuestas a trabajar por y para ellas.

Que nos sirva esto de ejemplo y no busquemos comparaciones que en nada nos benefician. Sigamos siendo nosotros mismos; sin complejos y continuemos luchando para que las Hermandades de Gloria no pierdan su peculiar idiosincrasia.

Ello no significa una renuncia a mejorarlas en todos los aspectos. Pero si las adversidades nos acompañan a menudo, que nos sirva de estímulo, y no de abatimiento.

Pensemos en el milagro que en cada Hermandad se produce anualmente, antes de la celebración de los Cultos y de la salida procesional de Nuestros Amados Titulares. Y los Mayordomos lo saben muy bien, porque un mes antes, la caja esta vacía; no hay ni un euro. Y sin embargo, todo se soluciona para que Ella pasee por su barrio como se merece.

Aunque es justo reconocer, que en nuestras Hermandades encontramos personas, que guiadas por el amor, no ponen inconvenientes en cobrar meses más tarde su trabajo o su mercancía. Mi gratitud desde aquí a los floristas, cereros y un largo etcétera. Incluso a las personas de buen corazón que participan desinteresadamente; vestidores, acólitos, costaleros, predicadores de los Cultos y un sinfín de excelentes cristianos.

Como comprobaréis, las Hermandades de Gloria, están formadas por pocas personas, pero muy fructíferas. Y es así como nos quiere la Virgen; en familia y a su vera.

 Te tengo que decir adiós, mi Reina. Si en todas las despedidas brota la melancolía, en ésta surge con más fuerza, porque se termina mi gloria. Mi corazón se entristece, porque mi declaración de amor, pone su punto y final.

 Pero si he tenido el privilegio de proclamarlo en voz alta, ha sido gracias a tí, Mercedes.

Con cinco años te conocí y no ha habido ni una tarde septembrina que faltara a tu cita. Treinta y cinco años a tu lado y ¡cuántas cosas han sucedido!.

Fui el niño feliz, que de la mano de mis padres, te acompañaba con una varita por el barrio de San Vicente. Subido a una reja disfruté de una imposición de corona para tu cabeza. Te presenté a mis quince años a la niña de mis ojos y tu quisiste, lustros después, que fuera la madre de mis hijos. Te entregué mi juventud y me diste madurez y mesura en la vida. Fui testigo muy cercano del cariño que Sevilla te rindió, convertido en medalla para tu pecho, celosamente guardada en el estuche de mi corazón.

 Nunca olvidaré la noche que te recogí, tras una restauración necesitada. Tres meses alejada de la Puerta Real y me parecieron años tu ausencia. Pero cuando volvías a tu camarín vestida de niña samaritana, me premiaste una vez más, al permitirme, que te llevara en mis brazos, apoyando tu rostro en mi pecho.

¡Qué regocijo me produce cada año tu procesión! Si tuviera que elegir algún momento, me quedaría con la salida desde la Capilla del Museo, cuando decimos un hasta luego, al manantial de Aguas que oxigena nuestras vidas, con el rezo de la Salve.

Me quedaría con la visita a tus camareras; las Siervas de Jesús en el Cielo y siervas de los necesitados en la tierra.

Me quedaría, con el discurrir por la estrechez de la calle Jesús de la Veracruz. ¿Tú has medido Fernando? Le preguntó el Penitente a Garduño, a quien fuera santo y seña de la Hermandad. Y la calle se abrió, y se abre cada año como la puerta del Cielo, para que Tú entres poquito a poco, con llamadas cortas del patero.

Medido o no, el milagro se produce por el buen hacer del capataz, que guía a sus costaleros. Con medida o sin ella, los guardabrisas pasan bajo el balcón, porque los codales se han vaciado de cera antes de su llegada, adivinando la magia del momento. Sólo los nardos rozan una y otra vez las fachadas, para perfumar con su aroma tu presencia, dejándoles el recuerdo de tu entrada en los Cielos.

Y me quedaría, con el regreso a tu Capilla. Con la dificultosa maniobra realizada por los ángeles que te portan, plegando sus alas echadas a tierra, para dar cobijo a tan ilustre Reina, mientras los corazones, que desde adentro te esperan, los alientan y empujan para que no desfallezcan, saliendo de allí felices con la obligación cumplida, tras el rezo de una plegaria.

Lo pequeño, lo haces grande; lo difícil, lo manifiestas fácil y lo imposible, lo conviertes en realidad.

¡Cuántas Mercedes me has dado en estos años! ¡Con cuántas dádivas me has agasajado! Dos seises me has regalado para Sevilla. ¿Se puede ser más feliz? ¿Se puede alcanzar más altura?.

  Dios te Salve, Reina y Madre. Mil gracias te doy; una por cada nombre con los que te he invocado. Gracias, porque desde este atril he proclamado a los cuatro vientos el profundo amor que profeso.

Gracias, por haberte ofrecido en solitario el Magnificat que mereces. Por haber pregonado en Sevilla las Glorias de María; mil estrellas del Cielo que bajaron un día a esta tierra; mil soles que relucen por plazas y esquinas; mil luceros que destellan en la noche. Pero en esta ciudad, si hay uno que más brilla en el horizonte, ese eres Tú, Mercedes, Coronada y de la Puerta Real.

Muchas gracias.

Sevilla, 4 de mayo de 2.002

José Antonio Fajardo Romero.